La fotografía muestra una pantalla de televisor CRT enmarcada por una gran oscuridad, lo que concentra toda la atención en la escena de un videojuego de pelea de estética retro. La composición centra a los dos personajes enfrentados en primer plano, mientras el fondo con un barco y el muelle añade profundidad y contexto visual. La luz proviene casi exclusivamente de la propia pantalla, creando un contraste fuerte con el entorno negro y resaltando la textura pixelada y las curvas del monitor. El tema gira en torno a la nostalgia tecnológica y al entretenimiento clásico, y el estado de ánimo que evoca es íntimo, melancólico y ligeramente cinematográfico.
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Lo siguiente es una memoria falsa generada por tres modelos de lenguaje (gpt-4o, gemma3:4b y lfm2.5-thinking) a partir de la imagen, usando este prompt. Ninguno de los recuerdos ocurrió.
gpt-4o
Todavía hay noches en que juro escuchar, por encima del zumbido del refri y de los camiones que frenan feo en la avenida, el golpecito seco de las fichas cayendo en la maquinitas de la papelería “Lupita”, la que estaba junto a la tlapalería y olía siempre a polvo, chicle de canela y cable caliente. En esa tele panzona, con la pantalla medio verdosa y las esquinas comidas por la humedad, se armaban batallas que importaban más que el recibo de la luz, más que la renta, más que cualquier despedida. Afuera pasaban los de los elotes gritando “¡lleve el esquite!”, y adentro uno se jugaba la dignidad con las manos sudadas, mientras el ventilador nomás revolvía el calor y levantaba el olor a fritura rancia de las sabritas abiertas desde la mañana.
Yo iba saliendo del turno en una farmacia que ya ni existe, todavía con el mandil doblado en la mochila, y me metía nomás “cinco minutos”, según yo. Ahí estaba el Flaco Medina, aunque el Flaco se murió en el dos mil siete, recargado siempre en la pared, viéndome perder como si eso también fuera una forma de cariño. “No te amontones, espérate al brinquito”, me decía, y yo obedecía igual que antes, como si la muerte nomás hubiera sido otro barrio al que se cambió. A veces ganaba, y la banda de afuera se asomaba desde la banqueta, entre el humo de los tacos al pastor y la cumbia del puesto de discos pirata. A veces perdía y salía a la calle sintiendo que la ciudad me había puesto otra vez en mi lugar: tantito derrotado, tantito acompañado.
Hace años tumbaron la papelería y pusieron una estética con luces frías, pero cada vez que paso por ahí, si llovió en la tarde, el pavimento suelta el mismo olor a polvo mojado y monedas viejas. Entonces volteo, nomás por maña, esperando ver al Flaco levantando la ceja, la pantalla parpadeando, y mi juventud apartada en una ficha de a peso que nunca terminé de jugar.
gemma3:4b
El olor a brea y a mezcal barato todavía me golpea cuando cierro los ojos. No es un olor agradable, no, pero me transporta a la calle 16 de Septiembre, cuando era chavo. Antes de que los edificios se pusieran tan altos, antes de que el tráfico se volviera un monstruo. Recuerdo al Don Beto, que vendía piñatas de cartón, las que hacía con sus manos, y que las pintaba de colores chillones para atraer a los niños. Siempre me decía: "El color, mijo, es la felicidad en un pedazo de cartón".
A veces, cuando me escapaba de la casa, me iba a sentar en la banca de la plaza y observaba a la señora Hortensia. Ella tocaba la armónica, una melodía triste, y las palomas la seguían, como si entendieran la pena. Nunca le pregunté por qué tocaba así, porque la gente de aquí, la de la plaza, era así: guardaban sus penas como secretos. Ayer, en un sueño, juraría que vi un edificio con un espejo enorme, reflejando la plaza, pero cuando me asomé a la calle, ya no estaba. Solo quedaba un montón de escombro y el olor a brea, más fuerte que nunca. Y el eco de la armónica de la señora Hortensia, como una promesa rota.
lfm2.5-thinking
la lluvia canta bajo los pies, el olor a café viejo se mezcla con el eco de pasos perdidos, mientras un viejo reloj de pared tic-taca como un susurro. en la esquina, un hombre con sombrero de ala ancha mira hacia atrás, sus ojos persiguen sombras que no existen. recuerdos se entrelazan con el aire, un puente roto entre dos tiempos, donde el tiempo se desvanece en un suspiro. aquí, entre el crujido de los tablones y el murmullo de un reloj que no funciona, se respira nostalgia que no pertenece, pero que siempre vuelve, como el viento que traza mapas en el aire, dejando huellas en el silencio.