La fotografía presenta una composición amplia y minimalista, dominada por un cielo cubierto de nubes suaves que ocupa casi todo el encuadre, mientras dos pelícanos cruzan la parte inferior central y se convierten en el punto focal. La luz es tenue y difusa, probablemente filtrada por la nubosidad, lo que deja a las aves en una ligera silueta y refuerza el contraste entre sus formas oscuras y el azul grisáceo del cielo. El tema gira en torno al vuelo y la libertad, capturando un instante sereno de movimiento en medio de una atmósfera abierta y extensa. El estado de ánimo que evoca es tranquilo y contemplativo, con un matiz de soledad y belleza silenciosa.
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Lo siguiente es una memoria falsa generada por tres modelos de lenguaje (gpt-4o, gemma3:4b y lfm2.5-thinking) a partir de la imagen, usando este prompt. Ninguno de los recuerdos ocurrió.
gpt-4o
Hay cielos que no se vuelven a ver aunque uno regrese al mismo lugar. Éste, por ejemplo: azul lavado, con nubes como algodón viejo, y dos pelícanos cruzándolo con esa calma de quien ya sabe el camino. Me pasó una vez en el malecón, cuando todavía rentaba un cuartito arriba de una farmacia con anuncios de neón que zumbaban toda la noche y me despertaban oliendo a sal, a diésel, a mango con chile de los carritos que se ponían desde temprano. Yo bajaba por un café requemado en vaso de unicel y me quedaba viendo el tráfico medio dormido: taxis, camiones echando humo, señoras barriendo la banqueta como si así también barrieran las penas.
Fue ahí donde volví a hablar con Luisa, aunque para entonces ya llevaba tres años muerta y una costumbre muy fea de aparecerse donde más ruido había. “Mira nomás”, me dijo, señalando a los pelícanos, “parecen cobradores, pero del cielo”. Yo me reí solo, como menso, mientras un organillero desafinaba dos cuadras más atrás y el mar aventaba ese olor a fierro mojado que tienen los puertos al amanecer. Luisa siempre decía que las ciudades junto al agua no guardan secretos: todo lo escupen tarde o temprano, boletos rotos, promesas, nombres.
Desde entonces, cada vez que veo aves grandes sobrevolando una avenida o una azotea, siento que la ciudad me guiña el ojo. Como si abajo siguieran el puesto de periódicos, la señora de las empanadas de camarón, el muchacho que vendía cigarros sueltos, y yo todavía tuviera veintitantos, una llave oxidada en la bolsa y tiempo de sobra para creer que la tristeza nomás era otra forma de la brisa.
gemma3:4b
El olor a mezcal rancio y fruta deshecha siempre me devolvía a aquella plaza. No la plaza de siempre, claro. La plaza de cuando era chavo, antes de que el tráfico se pudriera y la gente se volviera más gris. Recuerdo que allí, bajo la sombra del poniente, siempre había un viejo que vendía guitarras viejas. No guitarras nuevas, no. Las que parecían haber llorado mil canciones. Se llamaba Don Rafael, y juraría que una vez, cuando le pedí que me enseñara a tocar, me dijo que esas guitarras eran fantasmas de música, que cada nota era un recuerdo que te robaba un pedacito de tu alma.
Después de que lo encontraron tirado en la banqueta, con la guitarra en sus manos, la plaza se volvió un poco más triste. Ahora, a veces, cuando cierro los ojos, veo una luz que emana de la fuente, una luz azul que hace que los vendedores ambulantes levanten la mirada y murmuren sobre el regreso de Don Rafael. Y oigo, muy bajito, el eco de una canción que nunca supe cómo tocar, una canción que me hace sentir como si estuviera volviendo a ser un niño, perdido en la bulliciosa y eterna noche de esta ciudad. El cemento está agrietado, el grafiti cubre las paredes, pero la plaza, de alguna manera, sigue siendo el mismo lugar, un refugio de fantasmas y canciones perdidas. A veces, incluso, creo que el aire huele a mezcal y a pena.
lfm2.5-thinking
La ciudad susurra bajo los pies, un eco de risas que el viento borra. Entre sombras y luces, un recuerdo se enreda en la piel, un gato de peluche que el tiempo olvidó. El aroma a café y tierra mojada se mezcla con el eco de un reloj roto, un susurro que no se apaga. Aquí, el presente se desvanece en un abrazo de recuerdos, donde el pasado y el ahora se besan en silencio. Un instante perdido, un rostro borroso, pero el corazón late con su eco, un latido que no pertenece al ahora, solo al recuerdo que no se va, solo se queda, esperando, en el aire, entre los pasos que no caminan.