La fotografía presenta una composición vertical y ascendente que enfatiza la altura del edificio cilíndrico de Shibuya 109, situado en el centro del encuadre como eje principal. La luz es suave y difusa, propia de un cielo nublado, lo que atenúa las sombras y resalta los tonos fríos del hormigón, mientras los letreros luminosos en magenta, rojo y blanco aportan contraste visual. El tema gira en torno a la arquitectura urbana y al consumo contemporáneo, reforzado por la gran publicidad del iPhone y los rótulos comerciales que rodean la escena. El estado de ánimo que evoca es moderno y algo melancólico, con una sensación de actividad citadina contenida bajo una atmósfera gris y serena.
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Lo siguiente es una memoria falsa generada por tres modelos de lenguaje (gpt-4o, gemma3:4b y lfm2.5-thinking) a partir de la imagen, usando este prompt. Ninguno de los recuerdos ocurrió.
gpt-4o
Hay edificios que no son de uno y, aun así, le hablan a uno como si le debieran algo. Ese cilindro gris, con su anuncio encendido y esa luz medio triste de tarde nublada, me recordó una esquina que ya no existe en la ciudad: donde antes estaba un café de taxistas en Eje Central y una tienda de discos pirata que olía a plástico caliente, lluvia vieja y perfume barato. No se parece en nada, ya sé, pero así trabaja la memoria, bien gandalla; te cambia el idioma del paisaje y aun así te regresa al mismo hueco en el pecho.
Yo ahí esperaba a Julián los jueves, saliendo de la oficina, cuando todavía nos alcanzaba para unos tacos de canasta y un cigarro compartido bajo el toldo azul de un puesto de revistas. Él juraba que un día nos íbamos a largar, aunque fuera a un lugar donde los semáforos sonaran distinto. Nunca nos fuimos a ningún lado. A veces pienso que sí: que una noche nos subimos a un micro vacío, con la cumbia sonando despacito, y amanecimos en una avenida imposible, llena de pantallas, como si la Del Valle y el Centro se hubieran revuelto con un sueño ajeno.
Lo más raro es que, cada vez que veo edificios así, altos, lisos, tan limpios que dan desconfianza, me llega el olor de las castañas de un señor que se ponía afuera del Metro Hidalgo en diciembre. Y junto con el olor, la voz de Julián, clarita, diciéndome “aguanta tantito”, como si todavía viniera cruzando la calle entre el claxon, el vapor de los puestos y ese gris de ciudad que nomás aquí —o en cualquier parte donde uno haya querido quedarse— sabe ponerse tan triste y tan bonito al mismo tiempo.
gemma3:4b
El olor a brea y pasteles de plátano me golpea de golpe, como un puñetazo de recuerdos. No es la brea de mi abuela, la que usaba para aflojar las bisagras, sino la que emanaba de la esquina de la calle Sonora y del Viaducto. Era siempre al caer la tarde, cuando el sol se hundía en las alturas y los autos de época, los Ford del 58, se deslizaban como sombras sobre el asfalto. Recuerdo a Don Rafael, el que vendía churros, siempre canturreando “Cielito lindo” con un silbido tan dulce que te hacía olvidar que estabas en medio de la plaza. A veces, juraba que veía, entre la niebla, un edificio que nadie jamás había construido: un palacio de cristal y agua, con escaleras que llevaban a un jardín de hummingbirds. Me decía mi padre que era un espejismo, producto del calor y del tequila, pero yo sabía que estaba ahí, al final de la calle, esperando. Y a veces, cuando el ruido de la ciudad se apagaba, oía el eco de las risas de mi tía Sofía, que ya no estaba. La plaza, antes llena de niños corriendo y jugando a la rayuela, ahora sólo guardaba el silencio y el olor a brea, y, por supuesto, el persistente sabor de los pasteles de plátano de Don Rafael. Me queda la sensación de haber estado allí, hace mucho tiempo, y de que todo, aunque inventado, tiene la textura áspera y el perfume amargo de la memoria.
lfm2.5-thinking
En los pasillos de la ciudad, donde el tiempo se desdibuja entre el crujido de los pasos y el eco de un reloj roto, recuerdo cómo el aroma a café recién hecho se mezclaba con el olor a lluvia en la acera, recordando a mis abuelos contando historias bajo el mismo techo, mientras las luces de neón titilaban como lágrimas en la oscuridad, un susurro de "¿dónde está el café?" que nunca se resolvió, y en cada esquina, un eco de risas ahogadas, un suspiro de nostalgia que persiste como un susurro en la memoria colectiva.