La fotografía muestra una torre metálica captada desde un ángulo contrapicado, lo que acentúa su altura y le da una presencia imponente dentro del encuadre vertical. La composición dirige la mirada hacia la cima, mientras las siluetas oscuras de las ramas en los bordes y la parte inferior enmarcan la estructura y añaden profundidad. La luz es tenue y de fuerte contraste, con un cielo gris uniforme que convierte la torre en una figura casi negra, resaltando su geometría y sus detalles industriales. El tema gira en torno a la monumentalidad urbana, y el estado de ánimo que evoca es solemne, melancólico y ligeramente dramático.
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Lo siguiente es una memoria falsa generada por tres modelos de lenguaje (gpt-4o, gemma3:4b y lfm2.5-thinking) a partir de la imagen, usando este prompt. Ninguno de los recuerdos ocurrió.
gpt-4o
Hay ciudades que se te meten al cuerpo por el oído antes que por los ojos. A ésta yo la recuerdo por un zumbido: el rumor eléctrico de la torre al anochecer, como si estuviera rezando bajito por todos los que andábamos abajo haciéndonos los valientes. Pasaba por ahí cuando salía de una oficina que ya no existe, con las manos oliendo a papel carbón, a monedas sudadas, a cigarro ajeno. En la banqueta de enfrente siempre había un señor vendiendo café de olla en vasos de unicel, y el vapor subía igualito que mis ganas de largarme de la ciudad, nomás tantito, nomás para que me extrañara.
Una noche de ésas, con el cielo color tele apagada, juré ver a Julia parada junto a la reja, aunque Julia llevaba tres años muerta y nunca le gustó esa colonia porque decía que el viento ahí traía noticias feas. Traía su gabardina café y una bolsa de mandarinas. “Mira nomás cómo sigue en pie”, me dijo, viendo la torre como quien ve a un ex marido terco. Yo me reí, porque en esta ciudad hasta los fierros envejecen con dignidad, llenos de polvo, de lluvia vieja, de anuncios que cambian de nombre pero no de tristeza.
Abajo se oía el rechinar de un micro al frenar, el silbido del policía, el pregón de los tamales oaxaqueños, y un radio perdido tocando un bolero que parecía salir de las entrañas del pavimento. Julia me peló una mandarina; el aire se llenó de ese olor fresco, imposible, como si la noche tuviera cáscara. Cuando quise darle las gracias, ya no estaba. Nomás quedó la torre, enorme y quieta, mirándonos a todos con esa cara de cosa que ha visto demasiados regresos. Desde entonces, cada vez que paso por ahí, levanto la vista. No para acordarme de ella, sino para ver si de casualidad la ciudad todavía se acuerda de mí.
gemma3:4b
El olor a guajalote y piropos, siempre igual, me golpea cuando cierro los ojos. No es la señora Elena, que ya no está, la que lo prepara, no. Es un recuerdo, sí, pero uno que se pinta a mí. Recuerdo la plaza de San Juan, no la que es ahora, con el centro comercial y las farolas que brillan como dientes de león. Antes, era un revoltijo de tejas rotas, un árbol centenario que se quejaba en un idioma que solo yo entendía, y la cantina “El Trago”.
Siempre me perdía ahí, como si la plaza me tragara. Me decía mi abuelo, el Don Anselmo, que la plaza guardaba secretos, y yo, bobito, lo tomaba a carcajadas. Pero una tarde, cuando tenía diez años, vi a la señora Elena sentada en un banco, leyendo un libro en blanco. Y se levantó, y me sonrió, y me dijo: “¿Sabes, hijo? Aquí antes tocaba el tango”. No había nadie más, sólo la música, tenue, como si fuera un espectro. Y cuando cerré los ojos, podía oler la noche, el asfalto caliente, y el perfume de la señora Elena. La plaza, ya no estaba, y yo, de repente, estaba en Buenos Aires, bailando con ella. Después, regresaba a la plaza, siempre vacía, y me preguntaba si todo había sido un sueño... o un secreto guardado. A veces, todavía me pasa, y no sé qué hacer.
lfm2.5-thinking
La lluvia cae en silencio sobre los escombros, donde el olor a tierra mojada se mezcla con el eco de risas olvidadas. En la esquina, un reloj de pared parpadea sin parar, sus números gritando un tiempo que no pertenece. Recuerdo a mi abuela, su risa en la cocina, el aroma a chiles y pan, ahora solo un susurro en el viento. La torre, con sus sombras alargadas, guarda secretos en sus paredes, donde el tiempo se desgarra como papel. Aquí, entre los escombros y los recuerdos, la nostalgia se cuela, un fantasma que no pide permiso para existir, pero insiste en ser escuchada. Los pasos que pasan allá, aunque no estén allí, dejan huellas que no borran, y en ellos, el alma de la ciudad guarda su voz, un eco que no se apaga.