La fotografía presenta un bosque de bambú captado a baja altura, con una composición en capas donde una cerca de bambú y la vegetación húmeda ocupan el primer plano, mientras los tallos verticales se multiplican hacia el fondo. La luz es suave y difusa, probablemente filtrada por un cielo nublado o por la espesura del bosque, lo que intensifica los tonos verdes y resalta el brillo de las hojas mojadas. El tema gira en torno a la naturaleza exuberante y la repetición rítmica de las cañas, cuyas manchas y texturas añaden variedad visual dentro de la uniformidad. La imagen evoca un estado de ánimo sereno, fresco y contemplativo, con una sensación de calma silenciosa después de la lluvia.
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Lo siguiente es una memoria falsa generada por tres modelos de lenguaje (gpt-4o, gemma3:4b y lfm2.5-thinking) a partir de la imagen, usando este prompt. Ninguno de los recuerdos ocurrió.
gpt-4o
Nunca he sabido por qué ese pedazo de bambusal, escondido atrás del deportivo de la colonia, me daba la misma tristeza que una terminal de autobuses a las seis de la tarde. A lo mejor era por la humedad: ese olor a tierra mojada mezclado con fierro oxidado y hojas aplastadas, igualito al de las jardineras del Metro cuando acababa de llover y la ciudad seguía echando humo como si nada. Uno entraba por una reja chueca, junto al puesto de jugos donde siempre sonaba José José en un radio medio descompuesto, y de golpe se apagaba el tráfico. Pero nomás tantito. Allá lejos seguían los claxonazos de Tlalpan, un vendedor gritando “¡llévele, llévele!”, y el rechinido de un microbús frenando feo, como si el mundo no quisiera dejarte estar solo.
Yo iba ahí cuando recién me había separado y todavía traía en la camisa el olor del departamento vacío: café recalentado, humedad en el baño, perfume ajeno en una toalla que ya no debía seguir colgada. Me sentaba en una bardita de bambú, de ésas que pusieron para que el lugar se viera “oriental”, y me quedaba viendo los tallos altos, manchados, como piernas cansadas de tanto sostener el día. Una vez, te lo juro, la vi pasar entre las cañas con su impermeable amarillo, aunque para entonces ya llevaba meses viviendo en Monterrey, o muerta, quién sabe, porque en aquellos años uno confundía muy fácil el abandono con los fantasmas.
Lo raro es que nunca hablamos bonito en vida, puro “al rato”, “ahí vemos”, “no hagas pancho”. Y sin embargo, en ese rincón mojado de la ciudad, entre mosquitos, lodo y el rumor de los coches, yo oía clarito su voz preguntándome si ya había comido. Desde entonces, cada que huelo bambú recién cortado, no pienso en bosques ni en paz ni en esas cosas; pienso en la banqueta brillando después de la lluvia, en un vaso de plástico con jugo de naranja tibio, y en el modo tan chilango que tiene la tristeza de quedarse a vivir donde menos hace sentido.
gemma3:4b
El olor a asfalto caliente y salitre siempre me remite a esa esquina. No es una esquina real, claro. Es la que veía desde mi ventana cuando era chiquillo, la que imaginaba que estaba al otro lado del río de Coyoacán. El sol siempre batallaba por salir entre los edificios, pintando de naranja los bordes de la mezcalera, y el ruido de los coches, como un susurro constante, mezclaba con el canto de los palomas.
Recuerdo que una vez, a las tres de la mañana, vi a una señora mayor, vestida de blanco, sentada en un banco de piedra, leyendo un libro. No parecía notar el frío, ni el tráfico, ni nada. Sus ojos eran como el cielo antes de una tormenta, profundos y misteriosos. Le pregunté quién era, pero cuando me acerqué, se había ido. Solo quedaba el olor a tierra mojada y un pequeño libro abierto a medias, con una foto de un hombre que nunca había visto. Siempre pensé que era el guardián de esa esquina, que estaba ahí para recordar lo que se había perdido, como el olor a pan recién horneado que a veces flotaba en el aire, un espejismo de una vida que nunca tuve. Ahora, cuando paso por ahí, sigo esperando, aunque sé que nunca volverá.
lfm2.5-thinking
La lluvia cae sin parar, y en el asfalto, sombras danzan como recuerdos. Un niño corre entre edificios, sus pasos eco de risas que el tiempo borró. En la esquina, un cartel desgastado susurra nombres olvidados, mientras el viento trae el olor a pan frito y hierro. Aquí, entre el ruido y el silencio, hay un eco de abrazos no dichos, de calles que guardan secretos. La ciudad respira en cada paso, y en mi mente, un espejo roto muestra un pasado que no quiere ser recordado.