La fotografía muestra un estanque visto desde arriba, donde varios peces ornamentales rojos y blancos se desplazan entre plantas acuáticas sumergidas. La composición se apoya en la transparencia del agua y en las capas visuales creadas por las algas del fondo, las hojas flotantes y los reflejos suaves de la vegetación exterior, lo que aporta profundidad y textura. La luz natural es difusa y tranquila, sin contrastes fuertes, permitiendo que los colores de los peces destaquen con delicadeza sobre los tonos verdosos y grisáceos del agua. El tema gira en torno a la serenidad de la vida acuática, y el conjunto evoca un estado de ánimo contemplativo, apacible y ligeramente onírico.
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Lo siguiente es una memoria falsa generada por tres modelos de lenguaje (gpt-4o, gemma3:4b y lfm2.5-thinking) a partir de la imagen, usando este prompt. Ninguno de los recuerdos ocurrió.
gpt-4o
Hay un estanque así, escondido entre el ruido de los microbuses y el resuello cansado de una avenida que ya ni sé si existe igual o nomás en mi cabeza. Yo llegaba ahí saliendo de la chamba, con la camisa pegada en la espalda y las manos oliendo a monedas, copiadoras y polvo viejo, y me quedaba viendo a los peces como si me fueran a decir algo importante. El agua siempre tenía ese color de vidrio usado, con hojas flotando y reflejos de edificios partidos por el viento. A veces pasaba un vendedor de elotes y el vapor con mayonesa, limón y chile se mezclaba raro con el olor húmedo del musgo, como si la ciudad también sudara.
Una vez juré ver a Laura sentada del otro lado del estanque, con su cigarro apagado entre los dedos, aunque Laura llevaba tres años muerta y además nunca fumó. Me hizo una seña, la misma de cuando quería que me apurara para alcanzar el último pesero. Yo no crucé. Me quedé ahí, viendo cómo los peces rojos abrían la boca en la superficie, mansitos, como si se tragaran las palabras que no dijimos. Detrás sonaba un organillero lejos, bien desafinado, y un niño lloraba porque se le había caído una paleta de grosella al agua. Todo eso pasó o no pasó, qué más da.
Desde entonces, cada que llueve sobre el concreto caliente y sube ese olor a tierra revolcada con gasolina, me acuerdo de ese estanque. No de Laura exactamente, sino de esa versión de la tarde donde todavía era posible llegar tarde a todo y aun así sentir que alguien te estaba esperando.
gemma3:4b
El olor a taquiza y asfalto caliente me golpea como un recuerdo. No, no un recuerdo real, sino una sensación que me invade cada vez que paso frente a la plaza de Morelos. Siempre me pareció que ahí, entre el bullicio de los domingos y el grito de los vendedores de flores, existía una cafetería que nadie recuerda. La llamaban “El Refugio”. Era pequeña, de paredes azules descoloridas, y servía café con leche y pan dulce que sabía a sol.
Dicen que cerró hace años, pero yo lo veo. Lo veo con el señor Ramón, el mesonero, con su sombrero de charol y su eterna sonrisa. Él me contaba historias de cuando era chico, de cuando la plaza era un jardín y de cómo los estudiantes se reunían allá para discutir sobre la Revolución. A veces, cuando el sol se ponía, escuchaba música de acordeón, suave y melancólica, y juraría que Ramón me hablaba con la voz de mi abuelo, un hombre que nunca conocí pero que, de alguna manera, me miraba desde el fondo de sus ojos.
A veces, cuando cierran las tiendas y el ruido se va, puedo casi oír el tintineo de las copas de café y el risa de los niños. Es como si el tiempo se detuviera un instante, y “El Refugio” volviera a ser. Pero al abrir los ojos, solo queda el asfalto y el olor a taquiza, y el recuerdo, como siempre, se desvanece.
lfm2.5-thinking
En las sombras de la plaza, donde el tiempo se desdibuja entre el crujido de los tacones y el eco de risas olvidadas, recuerdo cómo el vendedor de tacos aún guardaba el sabor de mi abuela. Las paredes de adobe susurran historias de lluvias pasadas, y en cada esquina, un recuerdo se esconde como un susurro, un eco de un pasado que el viento no borra. Aquí, el presente es un espejo roto, reflejando lo que el corazón no puede retener, mientras el aroma a café recién hecho se mezcla con el olfato de la nostalgia, un susurro que persiste entre los pasos que no regresan.